Empieza temprano con chocolate y churros en una cafetería centenaria, cruza la Plaza Mayor cuando aún despierta, y visita el Palacio Real con aforo amable. A media mañana, mercado sereno para tapas clásicas sin griterío; por la tarde, un paseo por los jardines de Sabatini y el silencio de la Plaza de la Villa. Cierra con sobremesa larga, luz dorada y una ruta nocturna breve por calles empedradas seguras.
A primera hora, los patios susurran azahar incluso en invierno templado. Sube a la Giralda con tiempos razonables, contemplando tejados y veletas. Almuerza espinacas con garbanzos y pescado del día en taberna familiar. Tarde de Hospital de los Venerables o paseo por murallas, y, si apetece, cante en una peña íntima sin multitudes. Regresa caminando por calles estrechas perfumadas, con brisa amable y faroles encendidos lentamente.
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